La verdad detrás de la tecnología

Published
16/05/2011

Nuestro mundo está siendo rehecho con programas informáticos que nos permiten hablar los unos con los otros. Las cifras son masivas, igual de incomprensibles que las distancias cósmicas o presupuestos nacionales. Ciento noventa millones de personas con una cuenta de Twitter, 500 millones de usuarios de Facebook, quizá 1.000 millones de personas que utilizan la mensajería instantánea y en torno a 1.5 mil millones de humanos con una dirección de correo electrónico, todas ellas tecnologías que pocos conocían, o a pocos les importaban, antes de la última década. Esto está afectando en cómo nos comunicamos, los lugares donde vivimos e incluso nuestra forma de pensar, pero no sabemos todavía exactamente cómo.

Andrew Sempere, investigador de diseño de IBM y organizador de la conferencia Place and Space de la multinacional, coordina conmigo vía mensajes directos en Twitter. Nos organizamos, intercambiando mensajes de 140 caracteres que son perfectos por su brevedad que es el alma de la logística. Una hora más tarde, en un restaurante coreano, me cuenta: "Toda comunicación en red intenta comprender la computación y cómo afecta a nuestro pensamiento". Estamos casi solos, el invierno de Nueva Inglaterra aislando el restaurante.

Sempere prosigue: "Lo que nos permite hacer los ordenadores es tener vidas sociales en paralelo. Puedes elegir otro nombre, otro sexo, puedes hacer lo que quieras en el espacio computacional, lo que es muy poderoso… Al mismo tiempo plantea una serie de problemas".

Cuando cierra al cabo de varias horas, abandonamos el restaurante. Los dos hemos grabado la entrevista con nuestros teléfonos inteligentes. Mi copia está distorsionada y no sirve para nada, pero Sempere me envía la suya desde su iPhone.

"La comunicación online ni es buena ni mala, solo significa que todo ha cambiado", prosiguió Sempere online unas horas después.

La empresa que emplea Sempere lucha por conseguir que sus 400.000 empleados distribuidos por todo el mundo se sientan conectados con la buque nodriza de IBM, siempre buscando nuevas formas de vincularles socialmente sin mover físicamente a nadie de su sitio. Durante un tiempo Segunda Vida fue tachada como la solución empresarial para empresas con múltiples sedes, y les llamó la atención.

"Durante el apogeo de Segunda Vida, el interés de las empresas fue motivado por el ahorro. No tenías que viajar y ni siquiera se tenían que costear videoconferencias", afirmó Sempere.

Funcionó para algunas personas, pero no lo suficiente como para mantenerlo como plataforma empresarial, aunque al final IBM desarrolló su propio entorno virtual interno.

Las pegas que se solían poner a las reuniones virtuales tenían que ver con la pérdida de nuestros instintos físicos. En las reuniones virtuales no hay contacto ocular, ni expresiones faciales y todo es fingido. Pero Sempere señala que para algunos grupos, a menudo compuestos por artistas, diseñadores y gente relacionada con las artes escénicas, funcionaba muy bien.

"Si te sientes cómodo con varias cosas –que la gente puede fingir que está prestando atención igual de bien en la vida real y sabe cómo funciona el software– resulta ser en realidad un medio bastante expresivo, porque puedes diferenciar entre el movimiento automatizado del avatar de alguien y algo que éste ha hecho a propósito", explicó.

En Segunda Vida, cuando un avatar se sienta para escuchar al tuyo, es una forma de decir que el usuario del avatar está cómodamente sentado y escuchándote con atención.

"No tiene explicación alguna. No es como si tu avatar pudiera cansarse", dijo Sempere. "Así que los significantes siguen estando ahí, solo que son distintos".

Pero si no podías internalizar esas señales, o no las habías internalizado aún, la reunión no funcionaba, y según Sempere simplemente te da una sensación rara.

Mizuko Ito, directora de investigación del Instituto de Investigación en Humanidades de la Universidad de California, investiga la relación de la juventud con los medios digitales y tecnología móvil en los EE.UU. y Japón. A pesar de ser los más completos jamás realizados, sus estudios sobre adolescentes y sus familias, escuelas y grupos de pares no le han llevado todavía a sacar conclusiones.

"Todas esas preguntas sobre si ayuda o perjudica dependen de lo que se entiende por una relación social valiosa", me contó en una llamada vía Skype.

Nuestra llamada es interrumpida ocasionalmente por el ruido de un tren lo suficientemente fuerte como para confundir el software de nivelación de sonido de Skype y hacer que la interacción sea inaudible para las dos. En estos momentos nos quedamos a la espera, mirándonos la cara enmarcada con los auriculares la una a la otra o mirando de reojo a nuestro propio rostro en la esquina de la pantalla e inevitablemente haciendo reajustes.

"La investigación minuciosa puede decirnos qué tipo de relación se ve reforzada por la comunicación digital y qué tipo se ve perjudicada, y luego surge el debate sobre si es bueno o malo y para quién", explicó Ito.

Ninguna de las dos está en un despacho y lo que se ve al fondo, por encima de nuestras cabezas, da pistas sobre nuestra vida privada. Mesas de trabajo, libros, mascotas andando por ahí.

Kio Stark es incluso más directa

"No existe ninguna afirmación general sobre cómo la mediación digital afecta a las relaciones; lo que es realmente interesante es cómo tecnologías específicas afectan a relaciones determinadas", aclaró.

Stark es escritora y profesora de la Universidad de Nueva York, donde imparte clases sobre la intersección de relaciones, tecnología y espacio urbano. En la universidad encarga a sus estudiantes la realización de experimentos sobre desconocidos y sus más allegados. En uno de esos experimentos sus estudiantes han de hablar con alguien muy allegado, con tecnología de la comunicación que dicha persona nunca haya utilizado.

"La comunicación escrita es asincrónica pero cerca del tiempo real y permite de veras a las personas abrirse de una forma de la que no necesariamente harían en persona. Es algo casi universal y realmente sorprendente cuando se trata de padres e hijos conversando por medio de la mensajería instantánea", apostilla Stark.

Le llamo a través de la Web, una llamada, como la de Ito, que se ve interrumpida por varios sonidos. A veces, el ruido de la red estocástica es tan fuerte que tenemos que reiniciar la llamada. Sintiéndome algo avergonzada por molestarle, pienso en la fiabilidad de las líneas de teléfono convencionales, pero hace tiempo que no hemos tenido un teléfono fijo en casa. Seguimos nuestra conversación vía Skype, SMS y un par de correos electrónicos para unas últimas aclaraciones, en las que nuestro tono se vuelve más formal. Explicando los resultados de sus estudiantes, ella prosigue: "Si lo comparas con el habla, no creo que la gente diga algo que no quisieran decir, es simplemente que mientras escribes hay tiempo para la contemplación. No ver la respuesta en la cara de alguien es también una especie de espacio. Es algo que a veces provoca mucho rechazo y frustración en las personas cuando conversan vía la mensajería instantánea, pero para una persona que se siente vulnerable, es una especie de regalo".

La gente elige el medio para realizar tareas. A algunas personas les gusta hacer planes utilizando el correo electrónico para aumentar el valor de los encuentros cara a cara. Para otras, la posibilidad de que se produzca un malentendido online es demasiado frustrante. Es algo que negociamos específicamente con la gente.

"Significa que disponemos de más modos de conversación en nuestras relaciones íntimas y más matices", explica Stark.

Pero cada modo tiene sus compensaciones.

Como especie social, nuestros cuerpos nos equipan para reunirnos con la gente en nuestro entorno.

"En muchos casos tomamos decisiones sobre confianza y autenticidad a un nivel muy instintivo", afirmó Stark. "Cuando te encuentras con alguien online, has de decidir si es de fiar… no tienes ninguna pista. No puedes olerle, no oyes la entonación de su voz, no puedes comprobar si te está mirando a los ojos. En su lugar, por lo tanto, utilizamos otra serie de criterios".

En lugar de oler a las personas, las ubicamos. Buscamos información sobre ellas en Google y Facebook, y a menudo, en unos pocos segundos, hemos igualado la labor de un acosador profesional de los años 90. Pero Stark señala que parte del contrato social de un mundo conectado es ser nosotros mismos objeto del acoso.

"Es posible que hayamos perdido algo de independencia", admitió.

Nos hemos acostumbrado a dar por sentado la comunicación instantánea y la sensibilización débil pero constante de aquellas personas que nos importan.

"Estamos atados más corto los unos a los otros", explica Stark.

Por lo tanto es posible que exhibamos menos independencia emocional en nuestras relaciones interpersonales. ¿Cómo puedo aprender a echarte de menos si realmente nunca te has marchado?

A pesar de su enfoque en la gente, el trabajo de Ito es revelador en tanto que es posible que los efectos más profundos sean indirectos. Puede que la vida en red esté haciendo más para cambiar los entornos de la humanidad que a nosotros mismos.

"Donde de veras se vuelve más difícil es cuando se trata de los cambios en el espacio urbano", dijo Ito. "Empezó con cosas sencillas… ya no hay cabinas telefónicas en Tokio. Pero hay efectos a más largo plazo e indirectos, como el auge de las franquicias. No suele asociarse con la creciente importancia de la tecnología móvil, pero cuando hablas con la gente joven… ya no necesitan tener lugares de encuentro tanto como las generaciones anteriores".

En lugar de un sitio específico, tienen lo que Sempere denomina "tercer espacio digital" que viaja con ellos socialmente. El espacio físico es fungible y no requiere la relación tenue y problemática que los adolescentes tienen a menudo con los propietarios de locales.

"Tienden a preferir lugares genéricos de los que pueden apropiarse", prosiguió Ito. "Así que van a McDonalds o Starbucks, cadenas donde nadie les molestarán".

Y si alguien les molesta, no requiere esfuerzo alguno para enviar un tuit o SMS o publicar un aviso en los medios social para informar de que la gente va a reunirse en el local de otra franquicia.

"Ya no necesitan espacios específicos", dijo Sempere más tarde. "Lo mismo pasa con la mayoría de los grupos sociales… no es que no nos importen nuestros antiguos vínculos sociales, sino que las viejas estructuras que necesitábamos para mantenerlos ya son innecesarias, y no se mantiene lo innecesario".

Señala los cambios que han implementado muchas empresas, incluyendo IBM, hacia más teletrabajo y espacios para el cotrabajo, en lugar de oficinas discretas.

No obstante, la comunicación online permite que las estructuras sociales se vuelvan más raras que los espacios para el cotrabajo o el teletrabajo. La libre asociación de los activistas extralegales, conocida como "Anonymous", está ligada de forma semiautónoma al absolutismo de la libertad de expresión y al deseo de divertirse. Empezó por acosar a la Iglesia de la Cienciología, para luego desempeñar un papel en el desarrollo de una infraestructura digital para activistas prodemocráticos en Oriente Medio.

Me he conectado a IRC, la forma más anticuada de foro chat que se sigue utilizando en Internet. Es lo suficientemente antiguo como para tener una interfaz muy poco amigable para la mayoría de los usuarios Web 2.0 de hoy en día. El servidor se divide en canales. Dentro de los canales de Anonymous, los textos no diferenciados del chateo de cientos de usuarios se desplazan a un ritmo vacilante e irregular. En #opegypt, información actualizada sobre las protestas en la plaza de Tahrir de El Cairo fluye sin parar. Un anónimo compara una posible victoria electoral de la Hermandad Musulmana egipcia a la de Hamas, toma una pausa para arrojar un epíteto racial a un usuario nuevo y luego vuelve a su análisis. La conversación sigue impasible. Es imposible seguir todas las conversaciones y, al cabo de un rato, se aprende a dejarse llevar por el flujo conversacional, en lugar de nadar contra corriente en el océano, cambiando el control por la conversación impresionista. Yo me quedo al acecho. Me encuentro en el lado equivocado de Internet, un lugar que no existía permitiendo aquello que, fuese bueno o malo (y probablemente sea ambas cosas a la vez), no pudiera haberse realizado.

El motivo por situarse en aquel lugar no es nuevo. La gente se adentra en los márgenes de la Web para encontrar a personas afines a fin de solucionar viejos problemas, para hacerse con más poder, para encontrar un propósito, el amor y la riqueza. En el trabajo de investigación de Ito, son persistentes las motivaciones subyacentes.

"Me fijo en la forma en la que los adolescentes clasifican a sus amigos… la manera en la que abordan las citas… todo eso", dijo Ito. "Por increíble que parezca, las cosas no han cambiado, aunque se trata de la gente que supuestamente nos tiene que guiar hacia el siguiente modo de ser. Nuestras estructuras sociales son sumamente conservadoras; creo que la estructura social humana es increíblemente resistente al cambio en algún nivel, independientemente de plataformas tecnológicas".

En la actualidad, esta falta de narrativa nos hace sentirnos confusos, con alguna que otra perspectiva, pero todavía sin nadie que las vincule. Es inquietante, esperanzador y aterrador. El adolescente sigue siendo un buen guía. La sociedad está pasando por una especie de pubertad comunicativa, en la que descubrimos que nuestras formas de relacionarnos los unos con los otros están cambiando, con la creación de nuevas formas, y a menudo de una manera que nos hace sentirnos incómodos. Como el adolescente universal, nuestra respuesta es acostarnos tarde, dejarnos distraer con facilidad y mostrarnos malhumorados. Parece inútil intentar pararlo, como si habláramos en contra de tirarnos por un precipicio cuando ya nos encontráramos en caída libre.

"Vivimos de una forma que está imbricada entre lo online y el ‘lugar de encuentro’", concluyó Stark.

Es poco probable que demos marcha atrás. One+

Sobre la autora - Quinn Norton
QUINN NORTON es escritora y fotógrafa cuyos trabajos se han publicado en WiredNews, The UK Guardian, Make Magazine y Seed, entre otras publicaciones. Vive con su hija y una colección de teteras en San Francisco. Para contactar con ella envíale un correo electrónico a quinn@quinnnorton.com.

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