La hora de fiesta

Published
01/09/2007

Si de veras quieres sacar de quicio a los profesionales de las reuniones, he descubierto que basta con llamarles “organizadores de fiestas”. Se trata de un epíteto algo condescendiente que da a entender que lo que hacen no es del todo serio o importante.

Pero no deberíamos subestimar la habilidad de planificar fiestas. Aparte del hecho de que muchos de los miembros de MPI descubrieron sus dotes organizativas latentes organizando bailes de colegio y fiestas de empresa, los elementos sociales de una reunión (es decir, las fiestas) contribuyen básicamente a su éxito. Quienquiera que lo ignore, lo hará por su cuenta y riesgo.

De hecho, la experiencia me ha enseñado que los actos sociales constituyen la única parte de la reunión de la que la gente se acuerda al cabo de unas semanas. Pero acaso peco de cinismo.

Hoy en día, la globalización hace que la organización de fiestas cobre cada vez más importancia. En el caso de los eventos multinacionales con la asistencia de personas de todas las edades, el quehacer de los organizadores es verdaderamente digno de encomio. Los retos de este tipo exigen una creatividad de primera.

Ésta es la razón por la que me quedé tan impresionado por el programa social que nos organizó el comité anfitrión danés de la Professional Education Conference-Europe (PEC-E) de MPI, que se celebró el pasado marzo en Copenhague. Agradar a los representantes de 29 países (lo que implica 20 idiomas y alrededor de 35 culturas) es toda una hazaña.

Una de las claves del éxito de un acto social reside en la elección de entretenimiento. He sufrido en mis propias carnes veladas interminables de ópera china o teatro popular ruso (incapaz de comprender la trama, ni que decir el diálogo). He aguantado estoicamente esos cabaretes políticos que tanto les chiflan a los alemanes y una velada de fado portugués que me hizo llorar –por motivos equivocados. Incluso los alborotadores grupos de mariachis serían difíciles de soportar sin el consabido tequila.

A la inversa, las arias de ópera italiana inspiran a la mayoría de la gente, y es imposible quedar indiferente ante las czardas húngaras, los bailes irlandeses o el flamenco. No obstante, la música se debe elegir como sumo cuidado.

Durante el Professional Education Conference-North America de MPI, que se celebró en Nueva Orleáns en enero, fue interesante ver cómo todo el mundo se lanzó a participar en una velada de Mardi Gras: una ocasión en la que, como manda la tradición, los participantes proporcionan el entretenimiento. (Mis intentos de camuflarme detrás de una máscara provocativa fueron minados hasta cierto punto –por motivos de seguridad– al tener que llevar una etiqueta con mi nombre, pero me estoy apartando del tema principal.)

Los organizadores de reuniones (fiestas) de éxito evalúan las culturas, los idiomas, los niveles de sofisticación, la edad y el sexo de los participantes antes de contratar un espectáculo. Pero, si sus orígenes e intereses son diversos, las posibilidades de elección son limitadas, y, por desgracia, somos pocos los que podemos permitirnos el lujo de contratar al Circo Estatal de China o al Cirque du Soleil, dos organizaciones que han dado con la clave para entretener a públicos internacionales.

No obstante, el auténtico reto surge cuando se intenta introducir un poco de humor en un acto social multinacional.

El humor es universal –a todo el mundo le gusta reír. Desafortunadamente, no todos tenemos el mismo sentido de humor. Por experiencia, la única excepción a la regla es la comedia no verbal basada en gestos, personificada por Charlie Chaplin, Jacques Tati y, más recientemente, por Rowan Atkinson como Mr Bean. Se trata de un género que tiene atractivo para personas de todas las edades y que hace reír a casi todos.

Al fin y al cabo, la elección de comida, música, entretenimiento y ambiente dependerá de los objetivos del organizador y de las necesidades de los participantes. Por lo tanto, el organizador de “fiestas” perspicaz es el que entiende que hay personas que únicamente piden un sitio tranquilo para sentarse y charlar. ¿Qué pasa?... ¿A quién estáis llamando viejo gruñón?

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