Los cuartos de baño hoteleros, fantasmas del gozo

Published
17/05/2009

"Era un fantasma del gozo cuando
por vez primera resplandeció ante mis ojos,
una aparición jubilosa enviada para adornar un instante"

Me gustaría creer que, si el poeta William Wordsworth hubiese sido un organizador de reuniones y hubiese estado menos preocupado por los narcisos, las alondras y el puente de Westminster, habría escrito ese encantador verso pensando en los cuartos de baño hoteleros.

Después de haber trabajado largos años en el sector de congresos y reuniones y haber pasado muchas horas admirando cuartos de baños en los cinco continentes, he llegado a la conclusión de que el cuarto de baño hotelero perfecto es un concepto fantasmagórico. Aquellas apariciones jubilosas de porcelana y mármol resplandecientes, en los que me encuentro embutido demasiado a menudo junto con otros 15 profesionales del sector, sirven ni más ni menos para adornar un instante.

La realidad es bien distinta. (De veras no espero que las visitas de inspección se ajusten a la realidad, pero sabéis por dónde van los tiros.) Los cuartos de baño de los hoteles han sido diseñados por personas que nunca se han alojado en un hotel o, posiblemente, por un pulpo licenciado en arquitectura. Son relucientes y seductores, pero no obstante son a menudo tan prácticos como un iglú en el desierto.

Los hoteles equipan sus cuartos de baño con todos los chismes, artefactos y accesorios que tengan alguna utilidad para los humanos (y algunos que no tienen ninguna conocida). Pero éstos se encuentran normalmente en el lugar equivocado.

Las puertas se abren de forma desconcertante, y todos los estantes están ocupados por letreros informativos y un verdadero despliegue de pociones, lociones, aceites y ungüentos complementarios. (El año pasado contabilice 21 artículos en un cuarto de baño de un hotel de Boca Raton, Florida.)

El espejo de aumento se ubica frecuentemente fuera del alcance de lavabo o del enchufe para la maquinilla de afeitar eléctrica. Asimismo está dispuesto ingeniosamente para que las sombras siempre te oculten la cara.

Las duchas pueden ser particularmente tediosas. ¿Cuándo van a introducir un sistema internacional de controles para que los analfabetos funcionales en temas de fontanería, como su seguro servidor, no tengan que dedicar 20 minutos a empujar, tirar, girar, probar, soltar tacos y, con toda probabilidad, mojarse antes de ducharse? Y el agua siempre sale helada a la primera.

Los hoteles proporcionan demasiados grifos de lo estrictamente necesario o hay demasiado pocos.

Después de haberse metido en el baño, haber abierto el grifo de la ducha y haber salido de nuevo en busca del jabón (que, desde luego, se encuentra en el lavabo), la cortina de la ducha pierde su utilidad. Y, por favor, ¿no hay alguien capaz de inventar jabón antideslizante que no esté envuelto en papel a prueba de bomba?

Como digresión, me alojé recientemente en un hotel de cuatro estrellas en Italia, donde la cortina de la ducha estaba hecha de felpa –igual de práctico que un cepillo de dientes con cerdas de lana–.

Por lo que se refiere a los relucientes aparatos sanitarios de porcelana, ¿por qué es necesario adoptar una posición de yoga del cuarto nivel y tirar el auricular del teléfono al suelo sólo para poder alcanzar el papel higiénico de lujo?

En cuanto a los mimos que dispensan los hoteles a sus clientes, han acertado de pleno en una cosa: esa iluminación que te proporciona un ligero y favorecedor bronceado tiene mi aprobación. Los espejos, que reflejan de repente partes del cuerpo que no se suelen ver, están menos conseguidos.

Para un sector que gasta billones en envolvernos en un mullido albornoz de comodidad, los hoteles han fallado en una última cosa. Las básculas de sus cuartos de baño son precisas.

Si hubiera motivo para una pequeña mentira piadosa, éste sería el caso apropiado. Cuando estoy de vacaciones o de viaje de negocios, es inevitable que engorde; es que prefiero que no me lo recuerden. Todas las básculas de los hoteles deben estar trucadas para quitar varios kilos del peso real de la gente. Eso es lo que llamaría yo hospitalidad.

TONY CAREY, CMP, CMM, es escritor premiado y ex miembro de Junta Directiva de MPI International. Para contactar con él envíele un correo electrónico a tonycarey@psilink.co.je.

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